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08/06/2026

A quien corresponda…

08/06/2026
08/06/2026

México, sin independencia económica ni política
Por Abel Pérez Zamorano

En días pasados, el secretario de Guerra estadounidense, Pete Hegseth, reiteró: “Vamos a la guerra contra los cárteles. (…) Hegseth, continúa endureciendo el discurso injerencista de su país contra América Latina a través de la narrativa de la supuesta lucha contra el narcotráfico regional. Esta vez, durante una reunión del gabinete federal encabezada por el presidente Donald Trump, el jefe del Pentágono afirmó (…) Vamos a la guerra contra los cárteles a través de la coalición estadounidense anticárteles (el recién creado Escudo de las Américas)” (Sputnik, 29 de mayo).

Trump sigue amenazando con enviar tropas (aunque de facto ya operan aquí fuerzas de seguridad estadounidenses). Y el peligro aumenta por el coro de intelectuales mexicanos proyanquis que aplauden a rabiar esas amenazas e invocan el ingreso de fuerzas armadas estadounidenses, para que “vengan a poner orden y a aplicar la ley”. Pero cuidado. No nos equivoquemos, los cárteles son sólo el pretexto de Trump para intervenir en nuestro territorio y adueñarse de las riquezas que Estados Unidos (EE. UU.) aún no controla. Así entraron a Venezuela con el mismo discurso. Derrotado globalmente, lo que el imperio realmente busca es atrincherarse en su patio trasero. Nuestra soberanía nacional está amenazada, y con la servil colaboración de opinadores de la derecha al servicio del imperio. Así pues, no debemos desoír las amenazas de EE. UU., que ya atacó a Venezuela e Irán, y ahora amenaza a Cuba y a México. Y quienes claman porque EE. UU. venga a poner orden, ocultan perversamente que ya hemos vivido la amarga experiencia de invasiones estadounidenses, en una de las cuales perdimos el 55 por ciento del territorio. En 1823, a dos años de consumada la independencia de México de España, James Monroe proclamaba su doctrina “América para los americanos”; bien leído: “Latinoamérica para los estadounidenses”. Y actuó en consecuencia.

En marzo de 1824, recién surgida nuestra nación, se constituyó oficialmente el estado de Coahuila y Texas (en Texas nació el general Ignacio Zaragoza), con capital en Saltillo. Desde 1821, apenas consumada la independencia (y desde meses antes), el gobierno mexicano autorizó el establecimiento de colonos estadounidenses en Texas, quienes luego, como en silenciosa invasión, fueron ocupando el territorio; finalmente se hicieron mayoría, y en 1836 se declararon independientes y constituyeron una efímera república, inmediatamente reconocida por EE. UU. En 1845, el Congreso estadounidense anexó Texas como un nuevo estado de la Unión Americana. Se consumaba así el despojo.

En 1846, a 25 años de nuestra independencia, EE. UU. invadió México e impuso una guerra que duró hasta 1848. Con su victoria, consagrada en el Tratado de Guadalupe Hidalgo, nos arrebató más de la mitad del territorio nacional: consolidando la anexión de Texas, y apropiándose de California, Nevada, Utah, Arizona, Nuevo México, la mayor parte de Colorado y parte de Wyoming. Conque salimos de una colonia para perder territorio y quedar sometidos a EE. UU., que nos considera su patio trasero e incluso su basurero. Vivimos, pues, una ficción de independencia, y lo más grave es que hay a quienes les agrada y conviene. La ultraderecha medra en ese ambiente ideológico cultivado por décadas y de profundas raíces económicas. Veamos sólo algunos ejemplos de esto último.

EE. UU. es el destino del 81 por ciento de nuestras exportaciones, lo que nos vuelve rehenes suyos. Asimismo, nos impone el consumo, mediante el mercado negro, del 90 por ciento de las armas que enlutan a miles y miles de familias mexicanas, todo para la ganancia del mortífero complejo militar-industrial estadounidense. Asimismo, dependemos exageradamente de las remesas enviadas por nuestros compatriotas emigrados (67 mil millones de dólares en 2025); en América Latina somos el primer receptor y, peor aún, el segundo en el mundo, sólo después de la India, y seguidos por China en tercer lugar; pero considérese que ambos países tienen una población más de 10 veces superior a la nuestra.

Dañina para la salud y la vida de los mexicanos, la industria refresquera es propiedad de EE. UU.: entre CocaCola y Pepsi controlan el 87.7 por ciento del mercado (El Economista, 17 de octubre de 2022). Las dos grandes cerveceras que dominan el mercado mexicano pertenecen a trasnacionales: Grupo Modelo, controlado por Anheuser-Busch InBev, con sede en Bélgica; y Cuauhtémoc-Moctezuma, perteneciente a la holandesa Heineken.

En el sector automotriz, formalmente somos el séptimo exportador, pero ocurre que aquí no se producen carros mexicanos. Somos ensambladores de empresas extranjeras, en primer lugar estadounidenses, como General Motors, y de empresas de otros países, como Nissan, Volkswagen, Ford, Toyota, etc. La maquinaria agrícola aquí utilizada es casi extranjera en su totalidad: el 91 por ciento del mercado está dominado por John Deere, Massey Ferguson, Ford, New Holland, Kubota y otras. En plaguicidas y agroquímicos el control extranjero alcanza el 80 por ciento, y agréguense las productoras de semillas mejoradas, igualmente extranjeras en su gran mayoría.

Las grandes cadenas hoteleras trasnacionales dominan el sector; e igual ocurre en otras áreas como equipo médico de alta tecnología, computadoras y software. Los aviones son importados: Boeing, de EE. UU.; Airbus, de Europa; Embraer, de Brasil. Para agotar esta serie de ejemplos diremos que el capital bancario que opera en México es en un 85 por ciento extranjero; es decir, en España, Londres o EE. UU. se decide el crédito aquí otorgado. No tenemos independencia financiera.

Como es lógico, el control económico ha derivado en el dominio imperialista de la política y la diplomacia mexicanas. Si no somos independientes en el terreno económico, tampoco podemos serlo en lo político. Consecuentemente, para conquistar la verdadera independencia debe promoverse un desarrollo autónomo e independencia económica, y condición para ello, se requiere disponer de capacidad tecnológica propia, ser creadores de tecnología de punta, para no seguir jugando el triste papel de simple maquilador, proveedor de mano de obra barata y exportador de fuerza de trabajo.

Pero además, debe promoverse en la juventud, en las escuelas y medios de comunicación una cultura patriótica que inculque un profundo orgullo por nuestra cultura, nuestros orígenes y raíces, y no vergüenza, como quieren los colonizadores y sus ideólogos de todo pelaje, esos que ahora suspiran por que venga Donald Trump a poner orden, pero en realidad, a fortalecer las cadenas que nos sujetan al imperio, como a Prometeo a su roca. Sólo cuando el pueblo sienta ese profundo orgullo nacional, los mexicanos sabrán responder con energía y coraje a las amenazas imperialistas y, llegado el caso, a sus ataques. Pero no olvidemos: toda esta labor de auténtica soberanía nacional sólo podrá ser obra de un gobierno genuinamente popular.

Y en lo que hace al pretexto, que sólo es eso, de venir “a hacer valer el derecho”, como argumentó Washington cuando invadió Afganistán, Irak, Siria y Libia, baste ver el caos que el ejército estadounidense dejó en esas naciones, sumidas hoy en el terror y la barbarie. Insisto, EE. UU. no viene a lo que dice.

Así que no debe caber duda alguna: los ilícitos cometidos en México deben ser investigados y juzgados aquí. El Estado mexicano debe asumir en serio su responsabilidad en la impartición de justicia, haciéndolo de manera firme, expedita y transparente, en estricto apego al debido proceso. Los mexicanos no debemos permitir que el imperialismo estadounidense, que hoy aparece en su forma más burda de neocolonialismo, se arrogue el derecho de venir a establecer leyes, juzgar e imponer sanciones, mediante la aplicación extraterritorial de sus normas. Como dijo Don Benito Juárez, “el respeto al derecho ajeno es la paz”.

Para eso es necesario que el pueblo gobierne verdaderamente nuestro país; sin necesidad de buscar amos o jueces extranjeros; no necesitamos ni Maximilianos ni ejércitos franceses (o gringos); ni cortes extranjeras que vengan a gobernarnos. Los mexicanos debemos, y podemos, ser dueños de nuestro propio destino. Aprendamos de la experiencia histórica. No cometamos los mismos errores.

05/06/2026
01/06/2026

De los n***s al imperialismo actual: la conexión histórica
Por Abel Pérez Zamorano

Hi**er representaba al imperialismo alemán y tenía como propósitos principales, primero, adueñarse del mundo entero, crear un gran mercado para las empresas alemanas y apoderarse de todos los recursos necesarios para su expansión; en este intento chocaba con las otras potencias imperialistas que aspiraban a lo mismo: el dominio total del mundo para ellas solas. Pero el otro propósito, y no menos importante, era destruir el régimen comunista soviético, y en esto coincidía totalmente con las otras potencias, sobre todo Estados Unidos (EE. UU.) e Inglaterra. Es de antología la belicosidad anticomunista de Winston Churchill. Esta profunda identificación entre todas las potencias capitalistas, tanto aliadas (EE. UU., Inglaterra y Francia) como del eje fascista (Alemania, Italia y Japón), se manifestó durante la guerra y perdura como lazo histórico que conecta el pasado y el presente. Durante la guerra fue evidente el odio compartido hacia el comunismo, que llevó a los aliados a evitar el enfrentamiento total y el choque a muerte con el régimen n**i.

Ya en vísperas de la rendición de Alemania se hizo más ostensible esa afinidad. Refiriéndose a la situación prevaleciente en marzo de 1945, cuando el régimen n**i estaba por colapsar y Hi**er preveía su inminente derrota, el mariscal de la Unión Soviética Georgui Zhukov menciona en sus Memorias y reflexiones un documento confidencial sobre negociaciones secretas entre mandos n***s y oficiales aliados: “… los alemanes proponían a los aliados cesar la lucha contra ellos si éstos accedían a una paz por separado en cualesquiera condiciones” (Pág. 270). Esto es, el enemigo común era la Unión Soviética.

Para mayor evidencia, Zhukov alude a la directriz expresa del Führer respecto a la rendición de Alemania: “En el momento de la caída de Berlín, Hi**er (…) lanzó la consigna: Vale más entregar Berlín a los norteamericanos y los ingleses que permitir la entrada de los rusos” (Pág. 296). Todavía un día antes de su rendición final, “Las tropas alemanas se retiraban precipitadamente hacia el oeste, tratando de entregarse prisioneras a las tropas norteamericanas…” (Ibid. Pág. 318).

Para desgracia de los n***s que esperaban cobijarse bajo el manto protector estadounidense, el ejército ruso tomó Berlín antes, y ya desde el 28 de abril los mandos soviéticos emitieron sin dilación un decreto fulminante: “… el partido fascista de Alemania y sus organizaciones eran disueltos y su actividad quedaba prohibida” (Ibid. Pág. 311). Allí el antagonismo era abierto, sin conciliación alguna. Mientras tanto, EE. UU. protegía los restos de la Alemania n**i y rompía la alianza de guerra con la Unión Soviética. Se manifestaba así abiertamente la lucha de clases entre el país comunista y todos los capitalistas.

El imperialismo estadounidense se abría de capa y exhibía su verdadera esencia. Elocuente al respecto es Ronald Powaski en su obra La Guerra Fría: Estados Unidos y la Unión Soviética, 1917-1991: “Así pues, en el espacio de unos cuantos días de febrero de 1946, el gobierno de Truman abandonó, de una vez para siempre, los intentos de satisfacer los deseos de la Unión Soviética. Las razones de la nueva política se dieron el 22 de febrero en un ‘telegrama largo’, de ocho mil palabras, que redactó George Kennan. Desde su puesto en la embajada norteamericana en Moscú, Kennan advirtió al Departamento de Estado de que la hostilidad soviética con respecto al mundo capitalista era inevitable e inmutable por ser la justificación del opresivo sistema totalitario que los comunistas habían impuesto al pueblo soviético. Kennan recomendó que, en vez de tratar de complacer al régimen soviético, EE. UU. se concentrara en contener la expansión del poderío soviético hasta que en la Unión Soviética se instaurara una forma de gobierno más moderada” (Powaski, Pág. 93). Esta posición se asemeja mucho al famoso discurso anticomunista de Hi**er en Düsseldorf en 1932.

Después de la rendición de Alemania frente a la URSS, se instauraron los Juicios de Núremberg, promovidos por la Conferencia de Potsdam, para juzgar a los criminales de guerra n***s. Pero muchos de ellos gozaron de la protección del gobierno estadounidense, que ocultó o alteró expedientes para atenuar condenas, o evitó que todos los responsables fueran llevados a juicio. Pocos recibieron el castigo que merecían. La inmensa mayoría quedó impune.

Más aún, buena parte de los altos mandos militares y destacados científicos n***s fueron rescatados por EE. UU. “Muchos permanecieron en Europa y, lejos de ser perseguidos, fueron reclutados por las potencias occidentales para colaborar en la Guerra Fría contra la Unión Soviética. La OTAN, fundada en 1949, incorporó a antiguos oficiales de alto rango del ejército alemán e incluso a miembros de las SS como Reinhard Gehlen, quien dirigió una red de espionaje alemán contra la Unión Soviética, posteriormente absorbida por EE. UU.” (Resumen Latinoamericano, 11 de mayo de 2025).

El reclutamiento de n***s por EE. UU. se operó en absoluto secreto inicial, en el marco de la llamada “Operación Paperclip”, que arrancó en julio de 1945, es decir, a escasos dos meses de concluida la guerra, caído el régimen de Hi**er y desatada ya abiertamente la Guerra Fría. Historiadores especializados estiman en mil 600 el número de científicos, médicos, técnicos, ingenieros y militares reclutados. La afinidad, pues, era manifiesta.

En 2001, la CIA desclasificó archivos que exhiben la contratación de varias de estas “celebridades”; entre otros integrantes de las SS destacan personajes como Klaus Barbie. También Wernher von Braun, quien fue ingeniero en jefe del programa de cohetes de Hi**er y dirigió el desarrollo del misil balístico V-1 y V-2. En EE. UU., incorporado a la NASA, encabezó el programa de cohetes de viajes espaciales y fue director fundador del Centro Marshall de Vuelos Espaciales. También merece mención especial Kurt Debus, otro especialista en cohetes, que fue director fundador del Centro Espacial Kennedy.

Destacan, asimismo, “Otros científicos alemanes reclutados en la ‘Operación Paperclip’, como Walter Paul Emil Schreiber, médico infectólogo especializado en guerras bacteriológicas (que terminó sus días en Argentina), y el ingeniero químico Magnus von Braun, que acabó siendo un alto ejecutivo de Chrysler” (historia.nationalgeographic, 21 de enero de 2025). Varios de estos connotados n***s terminaron fungiendo como directivos o especialistas en empresas aeronáuticas o armamentistas, por ejemplo, en Lockheed Martin.

Estos casos, y muchos más, revelan la conexión histórica entre el n***smo de Hi**er y el fascismo de EE. UU. y sus vasallos: el sionismo israelita, los líderes de la Unión Europea y los neon***s ucranianos. Siguiendo este hilo histórico de continuidad, resulta evidente que EE. UU. es el depositario del legado n**i, y que al igual que la de Hi**er, su política es antagónica al progreso, la paz y el bienestar de los pueblos, de donde se deriva la imperiosa necesidad de que todos los explotados de la Tierra identifiquen esta amenaza y le opongan resistencia. Debemos aprender de la historia o, en su defecto, como dijo el filósofo español George Santayana, “Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”. Es decir, a sufrirlo de nuevo en carne propia.

Buzos de la Noticia https://buzos.com.mx/noticia/de-los-n***s-al-imperialismo-actual-la-conexion-historica

Photos from Sandra Lucio 's post 31/05/2026
29/05/2026
25/05/2026

El fascismo, arma político-ideológica del imperialismo
Por Abel Pérez Zamorano

Desde su origen, el n***smo fue la expresión más agresiva del imperialismo, en este caso específicamente del alemán, que venía despegando y consolidándose desde 1871, con la unificación de Alemania. El partido n**i, aunque con otro nombre, había sido fundado en 1919, y para 1921 Hi**er era ya su líder. Después de algunos meses en la cárcel, lanzó su campaña en busca del poder, contando con el firme apoyo del gran empresariado, inicialmente escéptico. El 27 de enero de 1932 significó un hito en esta relación que desembocaría en la Segunda Guerra Mundial. En esa fecha, el empresario de la industria siderúrgica Fritz Thyssen organizó una reunión en el Club Industrial de Düsseldorf ante 650 magnates para pedir su apoyo al partido n**i, convenciéndolos de que sólo éste podría acabar con el comunismo.

En su discurso ante el Industrieclub, Hi**er explicó que para recuperar la economía alemana en crisis y conseguir el necesario “espacio vital” (Lebensraum) para su expansión, había que acabar con el comunismo soviético y tomar el territorio ruso. Sin tapujos vendió a los empresarios su rabioso discurso anticomunista para convencerlos, y lo consiguió. El comunismo, dijo en aquella ocasión, representa el caos; el n***smo, el orden. Calificó al bolchevismo como “fuerza destructiva”, “régimen brutal” (¡Hi**er hablando de brutalidad!), apto sólo para “pueblos inferiores”, con bajo nivel cultural. Indudablemente, el eje central del n***smo estaba trazado: su rabioso y fanático anticomunismo. Y, consecuentemente, en la guerra dejó caer lo principal de su fuerza militar sobre la Unión Soviética.

Pero la reunión de Düsseldorf fue sólo la consagración de la alianza. El proceso venía ya de antes. Como dice Antonio Ramos-Oliveira en su obra: en septiembre de 1930, “El nacionalsocialismo había ido a las elecciones con abundancia de fondos. La gran industria se mostró generosa con los n***s. Hi**er, que hasta entonces sólo contó con la subvención de Thyssen, había comenzado a recibir en la etapa de gobierno socialdemócrata (durante la República de Weimar, APZ) considerables sumas de toda la industria pesada” (Antonio Ramos-Oliveira, Historia social y política de Alemania, Fondo de Cultura Económica, Vol. 2, Pág. 41).

Y Hi**er supo corresponder: el apoyo a los empresarios fue total e inmediato. A seis meses de ser nombrado canciller el 30 de enero de 1933, la emprendió contra la clase obrera: “Disueltos los sindicatos obreros, abolida la legislación social, reducidos los salarios, los capitalistas vivían ahora en cierto modo en el mundo con que habían soñado. El obrero estaba a merced de las empresas, privado del derecho de huelga, sin tarifas fijas de jornales, sin límite de jornada (…) el 14 de marzo de 1933 había entrado en vigor una ley por la cual se encomendaba la dirección de toda la vida industrial de Alemania a doce capitanes de la industria pesada, entre ellos Krupp von Bohlen, Blohm, Röchlin, Enrich Hartkpol, Bruno Schüler y Alberto Vögler…” (Págs. 80-83).

Era, pues, la absoluta pérdida de derechos de los obreros, sometidos al nuevo régimen, y el poder absoluto de los grandes empresarios: “… las rebajas salariales se presentaron enseguida (…) en el primer año del régimen nacionalsocialista disminuyeron los jornales un 20 por ciento, los beneficios de los capitalistas aumentaron en un 100 por ciento (…) Krupp estaba fabricando ya material de guerra y podía ofrecer las cifras citadas (de ganancias) porque había rebajado los salarios, segundo, porque el Estado le pagaba el material de guerra a precios excepcionalmente altos, y tercero, porque había recibido fuertes subvenciones (Alfred Krupp von Bohlen pertenecía al partido nacionalsocialista desde hacía varios años)” (Ramos-Oliveira, Págs. 83-85).

Mucha evidencia se ha acumulado sobre la relación orgánica entre el n***smo y el imperialismo alemán. Resumen Latinoamericano publicó, el 11 de mayo de 2025: “Una de las páginas menos conocidas de la historia del n***smo es su estrecha relación con la élite empresarial alemana. Durante los años 1930, grandes conglomerados industriales como Krupp, Thyssen, IG Farben y Siemens no sólo financiaron la llegada de Hi**er al poder, sino que también se beneficiaron (…) estas empresas no sólo sobrevivieron a la derrota del Reich, sino que se convirtieron en pilares del ‘milagro económico’ alemán de la posguerra”. Así se explica en buena medida la pronta recuperación de Alemania.

Otras fuentes detallan al respecto. La Izquierda Diario, de la Red Internacional, publica el 24 de mayo de 2021 un artículo firmado por Darío Brenman donde expone: “Kodak, Bayer, CocaCola, Nestlé, IBM, BMW, Adidas, Volkswagen entre otras, financiaron y apoyaron al régimen n**i antes y durante la Segunda Guerra Mundial con la complicidad de los países aliados”. Se destaca el caso de Henry Ford: “Los relevamientos históricos dan cuenta de la gran estima que se tenían Ford y Hi**er. La relación era tan profunda que en 1938 se le regaló al magnate americano la Gran Cruz del Águila de ese país, la condecoración más alta que un extranjero podía recibir del régimen n**i”. Operan, pues, como piezas de un mismo engranaje.

Basado en un ensayo de David de Jong, reportero de Bloomberg y autor del libro N**i Billionaires: The Dark History of Germany’s Wealthiest Dynasties, (nytimes.com, 20 de abril de 2022), nos dice: “Ferdinand Porsche convenció a Hi**er de poner en marcha las operaciones de Volkswagen. Su hijo, Ferry Porsche, quien hizo crecer a la empresa, se ofreció voluntariamente como oficial de las SS. Herbert Quandt, quien convirtió a BMW en lo que es hoy, cometió crímenes de guerra. También Friedrich Flick, quien llegó a liderar Daimler-Benz. A diferencia de Quandt, Flick fue sentenciado en Núremberg (…) En la actualidad, dos de los herederos de la familia (Quandt) tienen un patrimonio neto de unos 38 mil millones de dólares, controlan BMW, Mini y Rolls-Royce (…) Los patriarcas de la familia, Günther Quandt y su hijo Herbert Quandt, fueron miembros del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (…) Tras el fin de la guerra, los Quandt fueron “desn**ificados” en un proceso jurídico (…) Junto con sus primos, los Piëch, los Porsche controlan el Grupo Volkswagen, que incluye a Audi, Bentley, Lamborghini, Seat, Skoda y Volkswagen. El patrimonio neto combinado del clan Porsche-Piëch se valúa en unos 20 mil millones de dólares”. En fin, ríos de tinta han corrido sobre esta perversa relación orgánica entre el gran capital alemán y el n***smo.

Así pues, aunque en apariencia el n***smo se presente sólo como ideología o una perturbación mental de sus fanáticos partidarios, como pretenden hacernos creer los frívolos y los malintencionados, esencialmente hay algo más profundo. En su esencia se ocultan los intereses, esos sí muy tangibles, del imperialismo, en este caso alemán; en el fascismo de toda laya se expresa la necesidad orgánica de expansión de los grandes capitales, atropellando para ello al mundo entero, generando caos y sembrando muerte por donde pasa. El n***smo es la forma ideológico-política que adoptó el imperialismo alemán, con el propósito principal de combatir al comunismo, despojar de sus recursos a los pueblos débiles y enfrentarse a otras potencias imperialistas. En este caso estamos hablando específicamente de la variante n**i del siglo pasado. Sí, pero, al igual que las especies biológicas, existe el fascismo en su forma genérica, aunque con diferentes especies, como son hoy el sionismo israelita y el imperialismo estadounidense encabezado por Donald Trump, o los neon***s banderistas de Ucrania, herederos directos de Hi**er y liderados por Volodimir Zelenski junto con sus siniestros batallones Azov, Sector Derecho y otros. Todas son formas de fascismo; todas son enemigas del socialismo, de las naciones débiles y del pueblo trabajador.

18/05/2026

La victoria soviética en la Segunda Guerra Mundial
Por Abel Pérez Zamorano

El sábado nueve de mayo se conmemoró el 81 aniversario de la victoria soviética sobre la Alemania n**i. Las potencias imperialistas han distorsionado los hechos a su conveniencia, erigiéndose en vencedores de Hi**er y minimizando burdamente el papel principal de la URSS.

Pero iniciando por el origen, como dicen historiadores serios, desde los primeros años del régimen n**i, Inglaterra, Estados Unidos y Francia lo dejaron crecer y lo alentaron. Pudieron haberlo frenado cuando era todavía el huevo de la serpiente, pero taimadamente calcularon que al final sólo atacaría a la Unión Soviética, no a ellos. Contemplaron indiferentes y hasta con simpatía cuando en marzo de 1936 (a tres años de tomar el poder), Hi**er invadió la zona desmilitarizada de Renania, violando el Tratado de Versalles; le vieron también tomar Austria (la Anschluss), en marzo de 1938, y luego, en octubre, la región checoslovaca de los Sudetes, con la aprobación de los “apaciguadores” del Pacto de Múnich; en fin, el 1º de septiembre de 1939 Hi**er invadió Polonia, con la que Inglaterra tenía un pacto de defensa; y salvo una declaración de guerra formal, nada hizo esta última. Así, los gobiernos de Inglaterra y Francia fueron cómplices del ascenso n**i.

Gueorgui Zhukov, mariscal de la Unión Soviética y protagonista de primera línea de la guerra, dice en sus Memorias y Reflexiones: “Mientras las bombas no estallaban en su propia casa (…) retrocedían ante Hi**er” (Zhukov, Vol. 1, pág. 173; en lo sucesivo todas las citas corresponden al volumen 2; para comodidad de la lectura indicaré sólo la página). Desde el inicio las potencias capitalistas hicieron un doble juego con Hi**er: enfrentándolo limitadamente, pero conciliando en el fondo.

Para ensombrecer y minimizar el triunfo soviético, los ideólogos occidentales han fabricado mitos donde ellos son los vencedores. Arreglan la historia. Por ejemplo, atribuyen un papel determinante al apoyo en equipo y armamento que bajo el mecanismo Lend-lease (préstamo y arriendo) envió Estados Unidos al ejército soviético. Falso. Del armamento que la URSS utilizó, el Lend-lease aportó apenas el cuatro por ciento (Zhukov). Además, con envíos tardíos, piezas equivocadas, equipo descompuesto, etc. Todo a propósito, para entorpecer la acción soviética.

También se exagera la importancia del desembarco en Normandía, el famoso día D (rica veta propagandística de Hollywood). Desde 1942, los aliados se habían comprometido a abrir el segundo frente para encerrar a Alemania entre dos fuegos, pero lo hicieron hasta el seis de junio de 1944 (casi dos años y medio después de la derrota de Hi**er en Moscú, y a más de un año de las grandiosas victorias soviéticas en Stalingrado y Kursk); cuando ya estaba planeada desde mayo y próxima a lanzarse la Operación Bagration soviética para liberar Bielorrusia e iniciar la marcha triunfal hacia Alemania. El segundo frente se abrió no para acabar con Hi**er, sino para detener el impetuoso avance del ejército soviético.

Alemania ya estaba agotada: para noviembre de 1942 sus pérdidas en número de soldados sumaban más de dos millones y medio, entre mu***os, heridos y desaparecidos (Zhukov). Los aliados, pues, vinieron a dar de garrotazos a una culebra ya mu**ta. Zhukov dice respecto al segundo frente aliado: “A fines de 1943 (…) poseyendo potentes fuerzas y medios de lucha, manteníamos firmemente la iniciativa estratégica y ya no necesitábamos tanto como en los dos anteriores años de la guerra la apertura del segundo frente en Europa (…) (Y cita a Stalin): ‘Roosevelt ha dado palabra de emprender amplias operaciones en Francia en 1944 (…) Pero si no la cumple, nosotros tendremos bastantes fuerzas para rematar a la Alemania hitleriana” (pág. 177). Así pues, el segundo frente no fue la causa determinante de la derrota de Hi**er.

Por otra parte, da evidencia de la decisiva participación soviética, el inigualable peso de la guerra que soportó. El 22 de junio de 1941, Hi**er lanzó la Operación Barbarroja, con el ejército más grande y mejor armado del mundo: la invicta Wehrmacht. Estaba seguro de triunfar en seis semanas en una guerra relámpago. “… en los primeros días el Mando alemán lanzó 190 divisiones bien pertrechadas, tres mil 712 tanques, más de 50 mil cañones y morteros y unos cinco mil aviones. Los efectivos de las tropas lanzadas contra la Unión Soviética eran de cinco millones 500 mil hombres” (pág. 80).

Sobre la URSS se descargó lo principal del poderío n**i. “Durante la mayor parte de la guerra, entre el 75 y el 80 por ciento de la Wehrmacht fue desplegada en el Este (sobre la URSS) (…) y el 80 por ciento de los soldados alemanes caídos en combate perecieron allí: cerca de cuatro millones de los cinco millones de soldados alemanes que murieron en la guerra” (Artículo de Robert Citino, Operación Barbarroja: La más grande de todos los tiempos, The National World War Museum, 18 de junio de 2021). Narra el mariscal Zhukov: “El 1º de junio de 1941 (…) contra la URSS se habían concentrado unas 120 divisiones alemanas. En junio de 1941 se habían elevado los efectivos de las tropas hasta ocho millones 500 mil hombres…” (págs. 219-20).

Y el costo social y material que pagó el pueblo soviético fue inmenso. Dice Zhukov: “Ningún país, ningún pueblo de la coalición antihitleriana hizo tan grandes sacrificios como la Unión Soviética y nadie empeñó tantas energías para derrotar al enemigo, que amenazaba a toda la humanidad. Sobre el territorio norteamericano no fue arrojada ni una bomba. Sobre las ciudades estadounidenses no cayó ni un proyectil. En la guerra con Alemania y Japón, Norteamérica perdió 405 mil soldados e Inglaterra 375 mil…” (pág. 320). Según la Academia de Ciencias de la URSS, este país perdió 27 millones de vidas, mayoritariamente civiles. Fueron devastadas mil 710 ciudades y 70 mil pueblos; 65 mil kilómetros de vías férreas, 32 mil fábricas y el 40 por ciento de las viviendas.

Factor determinante de la victoria soviética fue, este sí, el ejemplar heroísmo del pueblo y del ejército: el sitio de Leningrado duró 872 días, y allí murieron de hambre 642 mil personas; la decisiva y heroica batalla de Moscú (octubre de 1941- enero de 1942), donde Alemania perdió la iniciativa estratégica, es atribuida por la prensa occidental ¡“al invierno” ruso! Nos derrotó el general invierno, dicen. En las afueras de Moscú, con la pérdida de más de medio millón de hombres, colapsó la moral del ejército alemán, que veía venir su inminente derrota. Moscú es el parteaguas de la conflagración, seguido luego por el heroico Stalingrado.

En el sitio de Stalingrado (septiembre de 1942 a febrero de 1943), Alemania perdió alrededor de 700 mil hombres; y en julio, en la gran batalla de los tanques, en Kursk, quedaron otros 500 mil. Era ya evidente que Alemania estaba derrotada. Y los efectos se irradiaron: ante la debacle, y para reforzar el frente oriental, Alemania envió allí 14 divisiones, dejando desguarnecidos los frentes occidentales, lo cual facilitó grandemente el avance posterior de las tropas aliadas.

En la derrota de Hi**er fue realmente determinante el heroísmo consciente del pueblo soviético y de su ejército, así como la creatividad de los defensores de la patria socialista en el diseño y fabricación de armamento novedoso. En el seno de ese pueblo heroico estuvo el Partido, animándolo, explicándole la situación, disciplinándolo. “El Partido Comunista de la URSS fue, efectivamente, el verdadero inspirador y organizador de nuestra victoria. En los duros tiempos de las rigurosas pruebas de la guerra estuvo al frente del pueblo combatiente (…) En el frente y en la retaguardia los comunistas y los komsomoles daban ejemplo en la heroica lucha por la patria” (pág. 322). Inspiró también a los obreros (y obreras), que en las fábricas laboraban agotadoras jornadas para producir todo lo necesario para sostener la defensa de su patria. La guerrilla que operaba en los territorios ocupados por Alemania desestabilizó las líneas de aprovisionamiento. Finalmente, contribuyó también la acción de los aliados de países hermanos que resistían a la ocupación n**i. Todos estos factores determinaron la victoria soviética en la Segunda Guerra Mundial, victoria que liberó al mundo de la calamidad fascista e impidió a Hi**er destruir el primer Estado obrero socialista del mundo. Pero el n***smo, el más feroz representante ideológico y político del imperialismo, enemigo de los pueblos pobres y de las clases trabajadoras, no ha mu**to, porque tampoco han mu**to las raíces económicas que lo nutren. De esto hablaremos después.

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